La Conferencia sobre Cambio Climático de Copenhague cerró el 19 de diciembre con un “acuerdo” político: pero sin ningún acuerdo vinculante para hacer frente a la mayor crisis que enfrenta el mundo.
“Nací en 1992. Ustedes han estado negociando durante toda mi vida. ¡No nos pueden decir que necesitan más tiempo!” Estas fueron las palabras de Christina en su mensaje a la Conferencia sobre Cambio Climático de Copenhague. Christina tiene 17 años, y vive en las Islas Salomón – cuya mera existencia está amenazada por el crecimiento del mar durante su propia vida. En el mismo momento, el negociador principal de los Estados Unidos, Todd Stern, describió a Copenhague como un mero “primer paso”.
¡Quizá ha llegado el momento de escuchar a Christina y a los millones de víctimas del cambio climático!
La crisis que tenemos por delante nos afecta a todos. La conferencia sobre el Ambiente de Río en 1992 afirmó dos principios para ayudarnos a compartir la responsabilidad por el cambio al enfrentar la crisis ambiental. “El contaminador paga” y “Responsabilidad común pero diferenciada” fueron los principios que acordaron todos los países. Ahora, cuando llegó el momento de pagar, descubrimos que fueron palabras vacías para los mayores contaminadores del mundo. Se niegan a aceptar su responsabilidad común pero diferenciada. Parece que el liderazgo ya no está en manos de nuestros gobiernos.
En el interior del Centro Bella, los líderes de los países ricos optan por ignorar a sus científicos. El consenso científico indica que el mundo rico debemos disminuir las emisiones de los gases que calientan la tierra en un 40% por debajo de los niveles de1990. Esto debe suceder en los próximos 10 años si pretendemos tener siquiera 50-50 de posibilidades de no alcanzar el Punto de No Retorno, cuando los procesos naturales de la Tierra comiencen a desmoronarse y el calentamiento resulte incontenible.
Entonces ¿escuchamos Christina y a los científicos? ¿O a nuestros políticos y las industrias de los combustibles fósiles (carbón, petróleo, gas) a las cuales responden?
El Papa Benedicto XVI nos advierte en su mensaje del Día de la Paz 2010: “El deterioro de cualquier punto del planeta nos afecta a todos… Nuestras crisis actuales –sean económicas, alimenticias, ambientales o sociales—también son, en última instancia, crisis morales y todas están interrelacionadas.”
Nos recuerda que Dios creó al hombre y la mujer a su imagen y les otorgó el dominio sobre la tierra. Dios los nombró administradores de la creación, para que sacaran de la tierra lo que necesitaran y cuidaran sus tesoros para las generaciones futuras. “El deterioro ambiental nos desafía a examinar nuestro estilo de vida y los modelos de consumo y producción imperantes, que a menudo resultan insustentables desde el punto de vista social, ambiental e inclusive económico.”
El Consejo Mundial de Iglesias (WCC) y Caritas Internationalis organizaron un evento durante la Conferencia de Copenhague. Joy Kennedy, del Grupo de trabajo sobre Cambio Climático del WCC sostuvo que, “en su raíz, el cambio climático es un profundo asunto moral.”
Debemos comprender quiénes somos como personas en relación con la tierra y con Dios, el creador de la tierra. “Si creemos que el planeta es un mero banco de recursos naturales, listo para ser explotado, excavado, extraer recursos, llenarlo de basura, lo trataremos como tal. En cambio, si creemos que formamos parte de una creación sagrada que depende de sus dones para la supervivencia y para la vida, entonces la actividad humana requiere responsabilidad y actuaremos de una forma diferente porque amaremos y serviremos y protegeremos nuestra casa.” Hizo un llamado a la iglesia para que abandone una teología del dominio. Debemos hallar formas de reemplazar la codicia con una economía de lo suficiente si queremos alcanzar la justicia con respecto al clima.
El Presidente de Caritas Europa, Padre Erny Gillen, se refirió a la responsabilidad moral que les cabe a las personas religiosas de involucrarse en la discusión sobre el cambio climático. “Compartimos la condición humana con todas las otras personas que viven en la tierra. “Ha llegado el momento de tener el coraje de nombrar el problema. No es el sexo, no es el dinero, no son los pobres. Son los ricos. Convirtamos a la pobreza en historia antigua, pero ¿acaso no deberíamos decir convirtamos a la riqueza en historia antigua, convirtamos a la ambición en historia antigua?
El Protocolo de Kyoto, adoptado en diciembre de 1997, estableció objetivos vinculantes para los países industrializados que producían la mayor proporción de dióxido de carbono (CO2) y otros contaminantes. Estaban obligados a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero en un 5 por ciento promedio por debajo de los niveles de 1990 antes de 2012. REALIDAD: En 2007, los niveles de gases de efecto invernadero de Estados Unidos fueron 16 por ciento superiores a los niveles de 1990.
A través del Esquema del Mercado de Emisiones, se permite a los países industrializados “comerciar” sus permisos de emisión de carbono. Pueden financiar proyectos para mitigar emisiones de carbono en países en desarrollo a fin de cumplir con sus metas de reducción de emisiones. No obstante, el mercado de emisiones no es un mecanismo para reducirlas. En realidad, estos esquemas son una forma de privatizar la atmósfera antes que un mecanismo para prevenir el cambio climático. Los niveles de emisiones determinados por el Protocolo de Kyoto están muy por encima de lo que resulta necesario para evitar un aumento de 2ºC en la temperatura global.
Resulta entre 50-200 veces más barato plantar árboles en países pobres para absorber CO2 que reducir las emisiones en el país de origen. Así, el peso de la “limpieza” recae sobre los pobres. Desde el punto de vista del mercado, parece muy buen negocio. En términos de justicia energética, es cruel cargar dos veces a los pobres –primero con los desastres climáticos provocados por la contaminación de CO2 y luego con la obligación de compensar la contaminación de los ricos.
En el contexto de una economía globalizada, enfrentar la contaminación estableciendo niveles de emisiones para cada país no funciona. En 2006, China produjo 6.1 mil millones (9 ceros) de toneladas de CO2; Estados Unidos produjo 5.75 mil millones de toneladas. Sin embargo, las emisiones per capita de Estados Unidos fueron 19 toneladas de CO2, comparadas con 4.6 toneladas en China. Además, debemos recordar que China elabora productos para compañías estadounidenses que serán consumidos en los Estados Unidos. Wal-Mart, por ejemplo, produce en China la mayoría de los productos que comercializa.
La economía interna de Inglaterra produjo solamente 2,13% de las emisiones globales. No obstante, se calcula que los productos del Reino Unido que se producen afuera (China, India, África) sumaron entre 12-15% del total global.
Un incremento de 2º Celsius en la temperatura global promedio se traduce en un aumento de 3º-3,5º en África. Según la Alianza Pan Africana para la Justicia Climática, esto significa que otras 55 millones de personas se encontrarían en riesgo de hambre; la escasez de agua podría afectar a 350-600 millones de personas más. “No se puede afirmar que proponen una ‘solución’ para el cambio climático si esa solución verá cómo mueren millones de africanos y si son los pobres y no aquellos que contaminan quienes pagan el costo del cambio climático.” –Augustine Njamnshi (Alianza Pan Africana para la Justicia Climática)*
Europa comprende cuánto dinero se puede obtener en el mercado de carbono pues hace años que utiliza este mecanismo. Los países en desarrollo, en cambio, jamás enfrentaron restricciones de carbono, de modo que muchos no perciben qué es lo que pierden. Uno de los principales economistas británicos calcula que el valor del mercado del carbono se ubica en 1.2 billones de dólares (12 ceros) por año. Comparemos esto con los meros 10 mil millones de dólares (9 ceros) que los países ricos ofrecen a los países en desarrollo.
BALANCE FINAL
Vandana Shiva sugiere que regular mediante un mercado de carbono es como tocar la lira mientras Roma se incendia. El único método justo es que los gobiernos y la ONU impongan a las corporaciones un impuesto de carbono por producción –dondequiera que estén ubicadas—y por transporte. (Entrevista con Amy Goodwin, gentileza de www.democracynow.org )
En consecuencia, quizá no es tan malo que no haya surgido ningún acuerdo vinculante en Copenhague. Después de describir lo que significaría un aumento de 2º para África, el Arziobispo Tutu afirmó que ‘es mejor no tener ningún acuerdo antes que un mal acuerdo’.
Matthew Sittwell, del Instituto para la Gobernanza y el Desarrollo Sustentable –uno de los consultores influyentes en las tratativas de Copenhague- dice que si se hubiera alcanzado un mal acuerdo ‘hubiera trabado todo el enfoque hasta 2020’ –mucho más allá de la fecha límite para el pico de emisiones. ‘Prefiero esperar seis meses o un año y llegar a algo correcto porque la ciencia avanza, aumenta la voluntad política, crece la comprensión en la sociedad civil y las comunidades afectadas, y estarán listos para exigir una rendición de cuentas a sus líderes para que alcancen el tipo de tratado adecuado.’
Sittwell acusa a los países ricos de tratar de cambiar ‘cuentas de colores y mantas por Manhattan’. Agrega: ‘Este es un momento colonial. Por eso no se dejó piedra en su lugar para reunir a los jefes de estado acá a fin de que firmaran el tratado. Y luego no hay vuelta atrás. Han dividido el último recurso sin propietario –el cielo- y se lo entregaron a los poderosos.’
Mientras tanto, como co-ciudadanos del planeta o personas religiosas, debemos elevar la voz para que nuestros gobiernos sepan que no toleraremos ‘soluciones’ egoístas a fin de que las cosas queden como están y así castigar a quienes menos hicieron por provocar esta crisis y serán los que más la padezcan. Una vez más, la pregunta, “¿Acaso soy el guardián de mi hermano o mi hermana?” Se convierte en una cuestión moral y religiosa urgente para cada uno de nosotros.
El proceso de Copenhague estuvo viciado por la falta de transparencia, la prepotencia hacia los países más pobres y la influencia indebida de grupos industriales poderosos.
Resulta evidente que no podemos confiar en nuestros gobiernos para actuar por el bien de todos sin el control y los interrogatorios de nosotros, sus ciudadanos.
*Naomi Klein, “Copenhagen: The Courage to Say No”, The Nation, diciembre 18, 2009.
Kevin Dance, CP
3 thoughts on “Discusión sobre cambio climático: ¿a quién escuchamos?”